Durante la Semana Santa pasada, con mi mujer y con mi hijo, y con la inestimable ayuda de Anabel (Viajes Bacara), realizamos un precioso viaje de cinco días a Estambul, que me gustaría compartir con vosotros.

En mi caso, ha sido la tercera vez que viajo a una ciudad que siempre me ha fascinado: puerta entre Oriente y Occidente, privilegiado cruce de culturas, religiones y pueblos en el transcurso de la historia. Tuve esta vez un acompañante muy especial: mi hijo Alberto, magnífico hijo y magnífico estudiante de Historia que, nada más llegar, nos deleitó con una espléndida narración del pasado de la ciudad, ofreciéndonos una completa introducción al significado de las maravillas que íbamos a visitar.

Estambul, Pedestal de la Corte de Teodosio

Antes de nada, quiero deciros que, en mi opinión, desde 1984 – fecha de mi primer viaje a la ciudad – hasta hoy, Estambul ha cambiado mucho y a mejor. Esta vez me encontré con una ciudad bastante más cosmopolita, simpática, culta, diversa, limpia, relajada y cuidada. Una ciudad de convivencia entre religiones y culturas, en donde no me he sentido marginado, en la que pudimos entrar gratuita y libremente en cualquiera de sus muchas mezquitas, en la que se habla mucho más inglés y con servicios e infraestructuras turísticas muy evolucionados.

Partimos en un vuelo de IBERIA bastante puntual en la mañana del primer día (un lunes), lo que nos permitió aprovechar buena parte de la tarde. Al llegar al aeropuerto, el taxista contratado por Bacara Viajes nos estaba esperando puntual para llevarnos a nuestro hotel: el AND HOTEL, ofertado por Bacara Viajes, es un hotel fenomenal, sin paliativos: un 4 estrellas en el corazón del Sultanhamet situado, exactamente, a 3 minutos a pie de la entrada a Santa Sofía con buenas instalaciones, buen servicio y con un restaurante panorámico en la última planta con unas vistas espectaculares sobre el Cuerno de Oro para quitar el aliento: de una tacada, de repente aparecen el Cuerno de Oro, Topkapi, Santa Sofía, el mar de Mármara y la Mezquita Azul rodeándonos en los desayunos; así empezábamos cada día.

Estambul. Mezquita Azul

Bueno, como el primer día llegamos por la tarde, tras registrarnos en el hotel y al estar ya cerrados los museos, visitamos la grandiosa Mezquita Azul y contemplamos sus pórticos, su patio de las abluciones, sus paredes revestidas de cerámica azul y sus bóvedas pintadas. Luego paseamos por la explanada del Hipódromo, rodeamos la fuente del Kaiser Guillermo II, el obelisco egipcio y su base con los relieves pétreos de la Corte de Teodosio, entramos en la pequeña pero bonita mezquita Firuz Aga, dimos una vuelta por el barrio de Sultanhamet, entramos en algunas tiendas y terminamos cenado en el restaurante panorámico del hotel.

Estambul.Mezquita Azul

Esa tarde, al llegar al hotel, tuvimos el único problema del viaje porque no estaban en la recepción los pases de museos que habíamos contratado a través de la agencia (pases muy recomendables porque ahorran dinero y, sobre todo, tiempos de espera para entrar en los monumentos más importantes) pero el problema fue eficazmente solucionado por Anabel, la directora de Bacara Viajes, tras una llamada y, a primera hora del día siguiente, un recepcionista del hotel nos los subió a la habitación, con lo que pudimos comenzar nuestras visitas tal y como las habíamos programado.

Empezamos las visitas del día por la joya más emblemática de la ciudad: la basílica bizantina de Santa Sofía es, en mi opinión (y siempre respetando otras), el mayor y más bello y genuino monumento arquitectónico de la ciudad, construido nada menos que en el siglo IV y reconstruido en el siglo VI d.C. por el emperador romano de Oriente Justiniano I. En la entrada nos recibe el Pantocrátor sobre la puerta del emperador y, cuando la traspasamos, nos sobrecoge la armonía de las columnatas a uno y otro lado y en dos niveles, así como la altura de su gran cúpula central iluminada por las ventanas laterales estratégicamente diseñadas para ello. En su interior, aún nos aguardan otras sorpresas: los mosaicos con los Pantocrátor de la galería alta acompañados de las emperatrices Teodora e Irene (algunas mujeres mandaron mucho en Bizancio), el de la la Teotokos (Virgen sedente que sostiene y entroniza al Niño-Dios) en lo alto de la cúpula del presbiterio y otros. Tras el plato fuerte del día, descendimos al subsuelo de Sultanhament para adentrarnos en la enorme cisterna de la Basílica o de Justiniano, construida también el siglo VI d.C. y que, posiblemente, es la cisterna subterránea romana más grande y mejor conservada del mundo. Ya por la tarde, nos embarcamos para hacer el indispensable crucero por el Bósforo contemplando los palacios y demás construcciones que los sultanes y magnates de cada época construyeron en sus orillas, empezando por la europea hasta el castillo otomano de Rumeli y volviendo por la asiática hasta la melancólica Torre de Leandro, a la salida del Bósforo. Lástima que esa tarde no hiciera muy buen tiempo y el cielo estuviera nublado pero, así y todo, mereció la pena. Al bajar del barco, los organizadores del tour nos llevaron en autobús al pintoresco café de Pierre Loti, de principios del siglo XX, sobre una colina a orillas del Cuerno de Oro; allí pudimos hacernos unas bonitas fotos y degustar un rico café turco. El autobús nos dejó en la emblemática y ahora revolucionaria Plaza Taksim y, desde allí, bajamos andando por la animada y comercial avenida Istikal, peatonalizada, con sus edificios del siglo XIX y principios del XX, que lleva hasta el Cuerno de Oro, pasando por la elegante Galería comercial de Pera, el mercado de pescado que huele súper-bien (¡cuánto ha cambiado Estambul desde 1984!) y la Torre Gálata, construida por los genoveses en el siglo XVI.

Estambul. Santa Sofía

El tercer día y de camino hacia Topkapi, comenzamos con la vista de un singular monumento que ha estado cerrado al público hasta hace muy poco tiempo: Santa Irene, la Basílica de los iconoclastas. Para entrar, hay que bajar un pasaje empedrado hasta un nivel inferior a la cota del terreno, lo que nos da una idea de la rasante de los edificios en la antigua Bizancio o Constantinopla. El interior a primera hora de la mañana era un espacio arquitectónico de luz, de recogimiento y contemplación: arquitectura pura con el único adorno de la cruz en la cúpula del presbiterio rodeado de gradas. Después, nos encaminamos hacia las puertas de entrada del palacio de los sultanes, Topkapi, pasando de la austeridad y el silencio de Santa Irene al esplendor y bullicio de la corte otomana. Topkapi es un complejo palacial construido en varios pabellones entre jardines y fuentes – nos recuerda a la Alhambra -, a cual más hermoso, de entre los que sobresale notablemente el Harén (por favor: si vais a Topkapi, ¡no dejéis de visitar el Harén!). ¡Y qué decir de las vistas del Cuerno de Oro, del Bósforo y del mar de Mármara desde las terrazas de Topkapi! Un consejo: tomaos un café o un té turco en las terrazas de la cafetería del palacio y, simplemente, contemplad. Antes de abandonar el palacio, tampoco os olvidéis de ver el Tesoro de los sultanes… es bastante impresionante. Luego fuimos al museo arqueológico, que está muy cerca del palacio, y nuestro historiador se entusiasmó contemplando el auténtico Tratado de Kadesh, firmado en el siglo XIII antes de Cristo entre los egipcios y los hititas; lamentablemente, no pude contemplar otra de las obras maestras del museo: el bellísimo sarcófago de Alejandro Magno que se hallaba en restauración pero que, afortunadamente, pude ver en otro viaje anterior. Comimos en la cafetería del museo y luego fuimos paseando hasta la Mezquita de Solimán el Magnífico, que nos asombró, de nuevo, por sus dimensiones y por el entorno: su bonito cementerio con la tumba del sultán y sus edificios anexos de la época. Dentro, un voluntario muy amable se acercó por si queríamos alguna explicación del monumento en inglés. Después, pausa y descanso con un té turco en una terracita de los alrededores para adentrarnos en los callejones del barrio del Bazar hacia el Bazar egipcio o de las especias, no sin antes buscar, encontrar y penetrar en la escondida mezquita de Rüstem Pachá, que tiene los azulejos de cerámica de Iznik más bellos de Estambul: en mi opinión, es la mezquita con mejor decoración interior de la ciudad. Seguimos hacia el Bazar de las especias, donde compramos diversos tés y, tras visitar la mezquita Nueva (pero del siglo XVI, ¡eh!) atravesamos el Cuerno de Oro por el Puente Gálata para cenar en uno de los restaurante del otro lado de la bahía con la colina iluminada de Topkapi y Santa Sofía de fondo. Fue un día completito.

Estambul. Mezquita de Solimán el Magnífico

Dedicamos el cuarto día a penetrar, de nuevo, en la magia y el misterio de Bizancio: tomamos un taxi y nos fuimos a ver los mosaicos de San Salvador en Kora. De nuevo, nos encontramos ante preciosos Pantokrator, Teotokos, escenas con pasajes bíblicos llenas de colorido y belleza… A la salida, Valle, mi mujer, se compró unos pendientes de turquesa en una joyería cercana, en la que nos atendió una simpática siciliana casada con uno de allí y nos explicó (con ella podíamos entendernos mejor, claro) cómo sacarnos las tarjetas de transporte público urbano, lo que nos ahorró bastante dinero. Por cierto, el transporte no es muy caro: el billete sencillo costaba, al cambio, 1,4 euros y, con la tarjeta, 0,80 euros, aproximadamente. Desde allí, tomamos el autobús 28 hacia el palacio de Dolmabache, en el Bósforo, pasando por el Acueducto de Valente, pero, al llegar, resultó que estaba cerrado (cierra los lunes y los jueves porque es un edificio en el que hay actos oficiales del Estado) y volvimos andando por la orilla del Bósforo hasta el puente Gálata, entrando en otra mezquita de cuyo nombre no me acuerdo pero que me gustó especialmente por la arquería de la entrada. Comimos en un restaurante del mismo muelle en el que estaba el restaurante de la cena del día anterior y, a continuación, tomamos un barco para ir a visitar a una amiga mía de Estambul a la que hacía nada menos que 30 años que no había visto. Atravesamos el Bósforo y fuimos a su barrio situado en la parte asiática; allí, en el embarcadero, nos estaba esperando y le presenté a mi familia. Luego nos llevó a pasear por el barrio de Kadicoy, uno de los más occidentalizados de la ciudad, bebimos, reímos, hablamos y pasamos la tarde.

Estambul. Mezquita de Solimán el Magnífico

El quinto y último día sólo disponíamos de la mañana porque nuestro vuelo salía por la tarde, así que nos dividimos en dos grupos: mi mujer y mi hijo se fueron al fastuoso y antiquísimo Gran Bazar, con sus más de 60 calles abovedadas repletas de comercios, y yo, que soy menos dado a las compras, volví al palacio de Dolmabache para contemplar el lujo y el derroche de los últimos tiempos del sultanato otomano (siglos XIX-XX): esta vez tuve más suerte y puede entrar aunque, como era viernes santo y ya había mucho turismo y esa entrada no estaba en el pase de museos, tuve que aguantar una cola de 20 minutos para sacar la entrada y otra de 10 minutos para poder incorporarme a la primera visita guiada en inglés al edificio principal (no era posible la visita libre). Allí pude ver la escalera de cristal, los gigantescos candelabros y lámparas de cristal de Bohemia que convertían la luz en colores, el rico mobiliario de época y la gran sala de ceremonias, de unas dimensiones colosales. Después pude pasear por los bonitos jardines con vistas al Bósforo y entré en el Pabellón de Cristal, que desconocía. Y como el día no daba para más, tomé el tranvía para volver al hotel, comer y tomar el taxi contratado por Bacara Viajes, que llegó puntual, de vuelta al aeropuerto. Y tuve ya que bostezar perezosamente un ¡hasta pronto Estambul! Porque, si de algo estoy seguro, es de que allí volveré (tiene tanto y me queda tanto por ver…)

Estambul, el Puente Gálata sobre el Cuerno de Oro